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Menón hace una Requisición a Sócrates. Por los indicios del texto, sabemos que intenta ajustarla a la interpretación que él hace de la relación con aquel a quien interpela…
Fíjense lo distante que está, esta manera de decirlo, de la idea de “adecuación al contexto” o de “saber-hacer en contexto” (cfr., por ejemplo, la jerga de las ‘competencias’ en educación). Se trata, así estemos hablando del contexto y no de las palabras, de una interpretación. Decirlo así tiene ventajas; una es poder percibir una de las maneras como se va haciendo lo social; la otra es que podemos pensar la formación de manera más compleja. Esto hace que, en lugar de hablar de “circuito de la comunicación”, mejor hablemos de “corto circuito” en relación con la comunicación.
Lo que todo el mundo ve (incluyendo prestigiosos lingüistas) en la comunicación es que el hablante (H) produce un Enunciado en dirección a su Interlocutor (I):
Ese Enunciado se refiere a algo que denominamos Referente:
Podríamos decir que éstos son los elementos sensibles, empíricos, de la comunicación. Pero un esquema así no nos sirve para pensar la formación. Veámoslo:
El H es, ante todo, receptor de su propio mensaje (en el siguiente esquema, está representado por la flecha roja que retorna del Enunciado, en sentido inverso a la línea azul). Este inmediato retorno del mensaje —incluso antes de que el otro responda algo— explica por qué se producen a posteriori, sobre aquel que habló, efectos tales como: sonrojo, complacencia, extrañamiento de las propias palabras, detección de errores cometidos, arrepentimiento, llanto, etc. Así, en el proceso formativo tendríamos que preguntarnos por estos efectos de retorno, pues habría que concluir que estamos en capacidad de entender aquello que estemos en capacidad de decir.
Ahora bien, este vector retroactivo que va del H hacia el H mismo —línea roja— no podría terminar en el H, el lugar desde el que efectivamente se habla. Éste es un lugar del que poco sabemos (a veces el otro sabe más de nosotros que nosotros mismos). Podríamos saber algo sobre ese lugar, pero sólo después de un prolongado y doloroso proceso (por ejemplo, un psicoanálisis). Entonces, el vector retroactivo termina en un Hablante supuesto-por-el-Hablante-mismo (H (sxH)), es decir, el lugar que él supone que tiene, para sí y para el vínculo con el interlocutor; en otras palabras, la representación que se hace de sí mismo. Ese lugar supuesto podríamos llamarlo el “yo”, en el sentido de paradigma de desconocimiento acerca del sujeto (como diría Lacan). Ahora bien, marcar esto como suposición no es señalar una falla, sino una característica: algo tenemos que suponer de nosotros como hablantes en el marco de la comunicación.
En este punto, la pregunta en el campo formativo es por ese lugar del H cuando es ocupado por el profesor: ¿sabe que su lugar es una suposición que él mismo hace? ¿Qué implicaciones tiene no saberlo?
Desde ese lugar se supone la emisión de un enunciado (E (sxH)), dirigiéndose… ¿a quién?, ¿al I?, ¿cómo saberlo?... si el H no se conoce a sí mismo, sino que hace una serie de suposiciones (H (sxH)), tampoco conoce al otro, no sabe exactamente a quién se dirige (si supiéramos, no habría timo ni seducción, el otro nunca sería un misterio). Se dirige, entonces, a otra suposición, es decir, a un I pero supuesto por él, desde su lugar: I (sxH).
Así lo dice Proust:
«ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás. Y hasta ese acto tan sencillo que llamamos “ver a una persona conocida” es, en parte, un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos, y el aspecto total que de una persona nos formamos está integrado en su mayor parte por dichas nociones».
Entonces, una suposición se dirige a otra suposición; una suposición de sí, se dirige a una suposición que hace del otro… y lo hace a propósito de cosas también supuestas: el referente del enunciado es una atribución de sentido. Tomaremos el Referente como las posibilidades que la materialidad de los registros verbales abre al campo de la atribución de sentido. Pero la atribución de sentido que hace el H es una de las versiones posibles (Referente-versión-del-Hablante: R (vdH)); él mismo puede distar de las posibilidades de su propio enunciado. Tanto así que no pocas veces se sorprende de lo que ahí se podía encontrar: le ocurre, o bien cuando él mismo se escucha, o bien cuando el I le devuelve —en la modalidad del chiste, de la chanza, del elogio, de la petición de aclaración, de la cara de sorpresa, etc.— asuntos que no veía, no obstante ser quien emitió el Enunciado.
Ahora bien, el enunciado sobre el que se inicia el vector rojo retroactivo no es el proferido por el H; es decir, el H no oye exactamente lo que dijo. Más bien, sobre la base del Enunciado, el H se dirige a sí mismo (es la idea del vector rojo) un enunciado con lo que él pudo percibir (E (pxH): Enunciado-percibido-por-el-H). Pero ‘percibir’ aquí no consiste solamente en un asunto de órganos de los sentidos, sino sobre todo en una percepción selectiva: en argot popular, “uno oye lo que le conviene”. Si entendemos esta conveniencia no necesariamente como algo consciente, es una buena forma de resumirlo. Uno oye con la estructura fonológica de su lengua (por eso, cuando a un hablante del japonés le piden que repita [kristo], él dice [kirisutu], ¡que fue lo que la estructura fonológica de su lengua le permitió escuchar!), oye con las posibilidades gramaticales de su lengua (tener masculino y femenino como únicos géneros, por ejemplo), oye con las delimitaciones de los géneros discursivos que se ha visto obligado a aprender (le aburre la ópera), oye con lo que sabe (con su enciclopedia, como diría Umberto Eco, con su capital simbólico diría Bourdieu) y con lo que no sabe, oye con el deseo:
Entonces, al enunciado percibido por el H (E (pXH)), a lo que oye decirse a sí mismo, el H le hace un juicio (Juicio1), una evaluación que en principio trata de establecer si la relación entre H e I (tal como la entiende H) autoriza la dimensión realizativa del enunciado (en nuestro caso, la requisición de Menón). Como estamos todavía en el H, se trata del juicio que hace tan pronto se oye decir y que ratifica o no la suposición frente a la relación, que justificaría la dimensión realizativa evocada (ejemplos: H puede hacer una requisición directa y, un instante después agregar: “¿Por fa?”; o puede tratar de explicar que se encuentra impedido en ese momento, pero urgido de que aquello se haga, etc.):
La interpretación que hacemos de la relación con el otro no coincide ni con la relación efectiva (si coincidiera, no habría necesidad de investigar al respecto), ni con la interpretación que, a su vez, el otro tiene de dicha relación. Esta distancia, sin embargo, no es meramente un “error” que pueda enmendarse (estudiando más, estando más atento, acercándose más al otro, haciendo “triangulación”, etc.). De un lado, porque estamos irremediablemente a distancia de la realidad (vivimos en medio del lenguaje); y, de otro, porque el interlocutor someterá dicha interpretación a un juicio (que —según cree— es de adecuación) y responderá en el marco de un sinnúmero de posibilidades: puede pensar que el otro está equivocado y señalarlo (“Y por qué no se lo solicita a otro”), sin que necesariamente lo esté; puede pensar que el otro está equivocado y señalarlo, estándolo, efectivamente… y, sin embargo, el primero puede insistir (por ejemplo, porque está intentando crear esa relación), o reconocer; también puede creer que el otro acierta y hacer lo que le piden, sin que la relación en realidad lo autorice… son demasiadas las variables. En todo caso, se trata de algo que va teniendo efectos sobre uno y otro, algo que va construyendo el lazo social, que está en construcción.
Por su parte, el I, antes que escuchar un enunciado del H, se lo dice a sí mismo. Hay, entonces, como en el otro caso, un vector retroactivo (en color verde).
También acá debemos decir que el I queda constituido como una suposición que se hace de sí mismo en tanto Interlocutor. Una auto-representación en el marco de la relación con el otro (I (sxI)). También hace un juicio, un segundo juicio (Juicio2) que, como explicábamos, hace juego con el del H. Ambos no tienen por qué ser coincidentes, pues —según explicábamos— se lee desde una historia simbólica, en el marco de restricciones genéricas y lingüísticas que difícilmente coincidirían. Y dos personas no tienen historias iguales.
Habría que establecer si los esfuerzos de los educadores se vuelcan sobre los enunciados o sobre la manera de incidir en las historias con que los sujetos leen los enuciados.
Entonces, el enunciado que el I se dice a sí mismo no es el enunciado proferido por el H, sino el que él ha podido percibir (E (pxI)).
Así, el I hace emitir el enunciado de una instancia supuesta por él: un Hablante-supuesto-por-el-Interlocutor (H (sxI)). Y la referencia de tal enunciado será, en consecuencia, otra referencia, una nueva versión, hecha por el I: R (vdI).
Tenemos tres niveles distintos del H: el H del que poco sabemos cuando lo encarnamos, el H que suponemos ser y el H que en nuestro lugar supone el I. De manera simétrica, tenemos tres niveles distintos del I: aquel del que poco sabemos cuando lo encarnamos, el I que suponemos ser y el I que en nuestro lugar supone el H.
Hay tres referentes que no coinciden: uno al que intentamos acercarnos con la investigación, y las versiones que de él tienen el H y el I.
Tenemos dos juicios sobre el enunciado: uno del H y otro del I.
Hay tres enunciados: el efectivamente proferido, y los que perciben H e I, cada uno por su cuenta.
En total, tenemos 14 elementos en lugar de los 4 (H, I, Enunciado y Referente) que se perciben empíricamente en la comunicación sin mayor esfuerzo.
Esto tiene fuertes implicaciones: los hablantes (H e I) son inciertos, están oscilando todo el tiempo, están en formación. El referente está en disputa, no se trata de una significación atada forzosamente a una forma, sino de versiones en discusión, versiones que se sostienen delante de otros, los cuales a su vez tienen las propias. Eso es el referente: una pugna por establecer lo que efectivamente sería. En consecuencia, el lazo social no está definido, está en construcción.
A continuación, el esquema unificado:
Con esto quiero introducir una idea que me parece importante: la educación se basa en una equivocación. La atribución de saber es una equivocación… y asumir ese lugar asignado por el otro (creer que efectivamente se tiene el saber), es otra equivocación. La tesis es que la equivocación es la base del vínculo educativo. Hay dos equivocaciones distintas, que se unen en un momento.
Pero también puede ser —como vimos en la requisición— que, aun sabiendo que el otro se equivoca, el sujeto usa esa equivocación del otro para determinado fin. En este uso hay todo tipo de riesgo. El caso de las relaciones afectivas entre maestros y estudiantes es uno. No es raro, por ejemplo, que el estudiante (como estoy hablando en español, con ello digo hombres y mujeres) sienta algo frente a su profesor (ídem). Los más chicos lo expresan cuando, dirigiéndose al profesor, se equivocan y le dicen “mamá” o “papá”; y los más grandes ya pueden pasar a hechos más carnales. El profesor es muy ingenuo si cree que ese afecto es suscitado por sus encantos y no por lo que representa ante el otro. De manera que en una situación de esas se mide qué tanto el maestro utiliza la equivocación para trabajar (es necesario que el estudiante crea que el maestro sabe algo o, si no, no hay vínculo educativo) o, equivocado él también, la utiliza para lo que cree que es una conquista debida a sus atributos y no a los que el otro le atribuye, dada su equivocación en relación con el saber.
Este es el concepto de transferencia en psicoanálisis. No les haría daño ojear el texto de Freud llamado “Sobre la dinámica de la transferencia”.
Entonces, el diálogo de Platón escenifica, de entrada, el asunto educativo: en el enunciado de Menón hay una suposición de saber. Ahora bien, no se le supone a otro un saber gratuitamente. Siempre hay una razón, así sea un auto-engaño del sujeto. En el caso de la requisición de Menón, esa suposición de saber se basa en lo que Menón sabe —o cree saber— de Sócrates. Éste tuvo que haber dicho algo, para que Menón considere que tiene por dentro esa joya (agalma, decían los griegos) del saber. Pudo haber sido delante de él en algún momento, o porque otro le dijo. Obsérvese el riesgo tan alto en todos los casos: ¿desde dónde lo oí para que me pareciera que sabía? El que me lo recomienda, ¿con qué criterio lo hace? Acá retomo una idea del mismo Sócrates, en otro texto (pequeña trampa para apuntalar lo que estoy diciendo); no es textual: “cuando me dicen que sé mucho, me digo que el otro tiene que saber más que yo, para poder hacer ese estimativo; pero siempre me lo dice alguien que, al contrario, quiere que yo le enseñe; de manera que debo concluir: me lo dice por otra razón”. Juzgar que otro sabe mucho es declararse por fuera del saber; pero se lo hace, o bien para establecer la equivocación que pone el saber como meta, o bien para no saber.
¿Y qué lugar para el interpelado como sabiendo algo? Si está metido en la aventura de conocimiento, sabe que le falta mucho, de manera que no puede más que tomar el aserto del otro como un elogio que busca beneficiarse de alguna manera, o como la equivocación necesaria para comenzar.
Ustedes han repetido que Sócrates quiere sacar de la certeza a Menón… antes que eso —ya veremos— el asunto es que Sócrates se deja interpelar, mantiene el vínculo con Menón, no da por hecha la relación supuesta, pero tiene que dejar que el otro la suponga para poder conversar. Cuando disuadimos a los estudiantes de que algo sabemos (algo de eso hay en el discurso del "facilitador"), ya no es posible intervenir en su formación. Necesitamos gente equivocada. Pero toca dar razones para que el otro se equivoque. No va a ser tan tonto de asignar saber a quien no ha dado muestra alguna de eso (pero, aun así, el aprendiz puede pensar que un silencio es elocuente). Y si el aprendiz lo asigna equivocadamente, estará todo el tiempo evaluando si su juicio fue acertado. De manera que no escapamos a la trampa del otro cuando estamos tratando de intervenir en su formación. Y si mostramos que no sabemos, ya nada podremos hacer.
Sócrates no puede dejar de dar muestras de saber. Por ejemplo —alguien ya lo dijo— que sabe conducir ese diálogo. Pero, por supuesto que no es sólo eso. Para no ir muy lejos, en el diálogo vemos que sabe geometría. Y esa disciplina no se aprende respondiendo a toda conversación que se le presenta en la calle. Tuvo que estar en algún momento estudiando con dedicación ese saber (ahí si no vale el diálogo).
No se trata, entonces de tener o no razón. El asunto de Sócrates es que algo sabe y que por eso le hacen una atribución que es una equivocación no porque Sócrates no sepa, sino porque no nos formamos atribuyéndole al otro el saber, sino asumiéndolo nosotros mismos. Pero eso requiere un proceso. Sócrates se presta para que ese proceso se dé. Algo sabe, y quiere saber más, pero de cara al aprendiz, quiere participar de su formación y, para eso, acepta la equivocación y trabajará con ella, hasta que sea posible que ésta se disuelva y el otro asuma otra relación con el saber.
Vigostsky plantea que la mayoría de cosas que el sujeto interioriza y aprende se debe a las relaciones e interacciones con los demás en un contexto particular .Según él las estructuras de percepción ,el pensamiento ,el lenguaje , la conducta y hasta las emociones están inmersas en un contexto.
ResponderEliminarPiaget reconoce la importancia de la actuación del sujeto tanto para interactuar con el medio que lo rodea, como para apropiarse y construir el conocimiento producto de esa interacción .
Según Chomsky El individuo actúa en el mundo proyectando lo que ha interiorizado.
¿Cuáles son las interiorizaciones de Sócrates ?
¿Cuál es el contexto de Sócrates y de Platón ?
¿El conocimiento se construye?
¿Qué tan conveniente es hablar de competencias frente al conocimiento y en la misma educación ?
Mariela, ¿qué tiene que ver tu comentario con la entrega #6?
EliminarEn cualquier caso, ¿qué responderías tú a cada una de las preguntas que hiciste?
¡Buen día, compañeros y maestro!
ResponderEliminarMuchas preguntas surgen al respecto, sin embargo, lo que pretendo es hacer una extrapolación mínima de ese “corto circuito en la comunicación”, así como la postura de Sócrates y Menón a lo que en “realidad” sucede en el ámbito de nuestro proceso formativo y en nuestras escuelas, en primera instancia porque si “la equivocación es base del vínculo educativo y se necesita gente equivocada”, en la práctica de ello estamos muy distantes, tal vez nunca he escuchado un maestro diciendo de manera espontánea que no sabe a sus estudiantes, siempre quiere mostrar que sabe, si hay algo que no sabe ante sus “espectadores” se buscará la manera de esquivar esa idea de” no saber”, y si referimos lo equívoco sucede algo similar, difícilmente lo usamos para potenciar saberes, porque hasta cierto punto se necesita la supervivencia de nuestros referentes, y no estamos acostumbrados a vivir en la incertidumbre porque nos educaron para la certeza y la verdad absoluta, nos enseñaron la postura del no saber del estudiante y el saber para el maestro, puede que se respiren en la actualidad nuevos textos liberadores al respecto, pero el escenario sigue siendo el mismo para la mayoría, unos filosofan la educación con la pretensión que ello encarne en un supuesto “contexto”, pero otros son los que están ahí con un grupo de “espectadores” con la creencia equívoca de estar llevando “saberes” de “contextualizar el saber” con la excusa que el marginado y el de clase social baja “vive en otro contexto” y por eso la pedagogía allí no es un ideal emancipador o de justicia, sino más bien un dispositivo de brecha social. Aparece un saber en construcción para pobres y otro para ricos. Entonces, imagino un Sócrates como maestro, al que acude un hombre de clase social baja con la pretensión de saber algo, y él sin antes haber interactuado da por hecho que por su condición debe propiciarle la construcción de un “saber contextualizado”. Pero en el diálogo noto lo contrario, mantiene linealidad en la forma en que dialoga con Menón y con el esclavo. La verdad no encuentro diferencias de “contexto”, su postura respecto al saber es otra. Por eso no lo veo tan afanado por la “condición social de sus interlocutores, más bien lo percibo como un hombre que es amante del saber, que construye educación desde el equívoco, que el pretexto es la equivocación y la duda para afianzar.
De ahí, que a lo que nos estemos refiriendo no es a “contextos de saberes sino a comprensión de saberes”, ni siquiera a construcción de saber, porque el saber no es más que un entramado de significaciones del lenguaje con la pretensión de ampliar nuestra precepción y comprensión de la realidad.
Ahora, no queda más que seguir escudriñando a Sócrates, un hombre” no contextualizado para la educación”, sino todo un “clásico de la educación”, tal vez desde la época en que vivió hasta milenarias generaciones futuras evocarán a este hombre como puente para construir el ideal de la escuela, estamos muy lejos de su pensamiento todavía, de su comprensión.
Dices que nunca has escuchado a un maestro diciendo a sus estudiantes de manera espontánea que no sabe… Por supuesto, Marisol, que no estamos hablando de que los maestros llaman a sus estudiantes a una sesión solemne a declarar explícitamente que no saben. Pero, entonces, ¿qué significa la idea de “facilitador” con la que se nombran a sí mismos muchos maestros?, ¿qué significa la pregunta “qué quieren aprender” que se le hace a los aprendices?, ¿qué queda implicado cuando se promueve el diálogo de saberes o la igualdad frente al conocimiento?, ¿cómo podríamos entender el desdén por los “intelectuales” y la insistencia en el “hacer”?, ¿no podríamos leer la actual falta de respeto de los estudiantes como una implicación de ese “no sé” del maestro?, ¿qué sabe un maestro de literatura cuando les pide a los estudiantes para leer en su asignatura libros de “superación personal”?
EliminarEstamos hablando de una implicación frente al saber, porque, como dices, puede que el maestro siempre busque esquivar esa idea de” no saber”. Pero tú no crees —¿o sí?— que cuando en el bus un hombre te pregunta si estudias o trabajas es que está interesado en si estudias o si trabajas. De manera que los escenarios en que un profesor hace creer que sabe, o se defiende de que no lo vayan a pillar en falta, me dan la razón, pues esas no son respuestas del que algo sabe, sino del que trata de ocultar que no sabe.
Dices que “no estamos acostumbrados a vivir en la incertidumbre porque nos educaron para la certeza y la verdad absoluta”. No me parece. Primero, porque nosotros no somos el producto de nuestra educación. Se necesitan más cosas para explicar lo que somos. Si fuéramos el resultado de los que nos enseñaron, ¿por qué uno de los Nule hizo su tesis de maestría sobre la ética en la contratación? (no es broma, aunque parezca). Los sujetos hacen lo que les da la gana. El asunto de la formación es poner más cosas para cuando el sujeto haga lo que le da la gana, tenga más de dónde escoger. Y, segundo, porque sí estamos acostumbrados a vivir en la incertidumbre: ¿sabes hasta cuándo vas a vivir?, ¿sabes si el otro te va a seguir amando?, ¿sabes si vas a conseguir lo que quieres? Otra cosa es que, cuando nos toca decir algo al respecto, decimos una tontería… como en tu ejemplo de querer llenar los huecos para que el otro no se pille que no sabemos. ¡El que algo sabe no tiene problema alguno en decir que no sabe!
Lo que llamas “postura del no saber del estudiante y el saber para el maestro”, ¡no es algo que nos hayan enseñado! Cualquier niño que ve jugar fútbol a su ídolo entiende que no sabe tanto como él, y justamente gracias a esa diferencia es que él construye el propósito de ser como el otro y, en consecuencia, se pone a entrenar para tratar de serlo. Cuando tú llegaste al colegio, ¿era mentira que tu profesor sabía más matemáticas que tú? Entonces, ¿para qué vamos al colegio? Que mi profesor de biología sepa más (es lo que yo atribuyo, lo llamo equivocación por una razón que está en la entrega del blog) es condición para que yo le pregunte, para que yo escriba lo que él dice, para que a mí me guste la biología o para que, sin ser lo que yo vaya a escoger en la vida, reconozca que el tipo sabe.
Lo que está distribuido de manera desigual entre ricos y pobre no es el saber, sino la actitud de los maestros en cada caso. Incluso maestros de colegios públicos no enseñan lo mismo, ni de la misma manera, cuando tienen los mismos cursos en colegios privados. Si el asunto fuera el saber, pasa lo que dices sobre el diálogo: que Sócrates no está afanado por la “condición social de sus interlocutores”, sino por el saber. El saber no divide la gente entre ricos y pobres, entre opresores y oprimidos, son entre los que se dedican y los que no; los que están a la altura y los que no. Esto tiene sus bemoles sociales, pero en primera instancia me parece fundamental hacer la diferenciación.
Buenas tardes a todos.
ResponderEliminar1. “ Cuando alguien se equivoca, se supone que no tiene la intención de hacerlo”, escribe el profesor Guillermo en su entrada #4. En la complejidad expuesta, en medio de tantos esfuerzos por asumir o atribuir posiciones, por ajustar las requisiciones a las interpretaciones de quien las formula, por establecer interpretaciones lo más cercanas a lo que el otro expone, en fin; esfuerzos por conocer los deseos, el “disfrute” el “goce” propio y el de los otros en el acto comunicativo mismo, en medio de energías provenientes de nuestro inconsciente y de nuestras carencias y deseos, pero también de nuestros conocimientos e historias personales; parecería ingenuo presumir de poseer la verdad y sustraerse de la equivocación o el error.
2. Pero qué papel juega el error en la relación con los otros y en la relación con el conocimiento mismo?, Ha sido siempre el mismo?; en la historia de la epistemología? (perdón profesor Guillermo, espero no estar remitiendo a cosas que no son o sobrepasan la intencionalidad del curso), pero pienso que el error no siempre ha sido valorado de la misma manera en cuanto a su relación con el conocimiento y sus criterios de validación.
3. Queda claro que en esta construcción de lazos sociales y relaciones con el conocimiento, en este deseo de encontrarse con el otro en el mundo simbólico, virtual y real, se dan procesos mucho más complejos que la adecuación al contexto, ya que incluso ¿el contexto mismo se estaría creando?; Intervienen allí los deseos concientes e iconcientes, la “necesidad” de ajustar y ajustarnos a modelos generados en relaciones iniciales no totalmente satisfechas.
4. ¿Qué sabe Sócrates (el maestro)? Si hemos de creerle; sólo sabe que no sabe lo que es la naturaleza de la virtud y que esa falta de saber le imposibilita a postular sus consideraciones como ciertas. Sabe de las limitaciones, tropiezos, fracasos, falsas ilusiones en la búsqueda del conocimiento. Sabe que al igual que él, los demás seres humanos sufren similares perplejidades, recorren caminos similares; sabe que muchos nos quedamos con las falsas ilusiones de una verdad aparente. En síntesis, sabe que aún no sabe y de las dificultades implícitas en el trabajo por el saber. ¿Qué le procura goce al maestro? Quizás vivir ese mundo de incertidumbre y de posibilidades infinitas, quizá cierta intención de perpetuarse, de dejar huella (hablo aquí del maestro y no del profesional con función docente, ya que no necesariamente son lo mismo), disfruta del ser elegido como maestro por parte de alguien que lo considera (lo inviste), como su maestro. Puede ser del ver al otro trasegar por el mismo camino que uno ya avanzó, por constatar que a otro le interesa lo mismo que a mí. Tal vez allí está el goce por el que reiteradamente nos ha preguntado el profesor. Lo anterior no es, necesariamente una explosión de “vocacionalidad”, ya que encierra deseos profundos de inmortalidad, de poder e incluso de posible instrumentalización del otro. ¡No somos ángeles, como Sócrates tampoco lo era!.
5. Me queda la inquietud por la “invitación” que hace Sócrates a buscar la naturaleza del asunto; en medio de tanta dificultad, insiste en la necesidad de llegar a conocer la naturaleza del asunto. ¿Qué tipo de naturaleza pretende esclarecer Sócrates? ¿por qué la postula como indispensable para poder determinar luego como llegar a conocerla? ¿Cómo requisito para decir si se enseña, si se aprende con la práctica….?, pero por sobre todo me queda la inquietud del ¿por qué continuar buscándola?
Fernando, no veo necesidad de pedir perdón por tratar de argumentar en la línea de la conversación; yo objeto es que, sin saber seguir instrucciones, pongamos a funcionar el aparato, con el riesgo de dañarlo.
Eliminar1. Presumir de poseer la verdad y de sustraerse a la equivocación, aunque podría considerarse ingenuo —dada la complejidad del asunto— es condición del funcionamiento de la comunicación. ¡De resto, no se podría hablar! Defendemos ideas por la pasión que en ellas invertimos, no sólo por lo racionales que sean. Y no defender ideas y plegarse siempre al otro es lo que se llama “debilidad mental”.
2. De acuerdo: el error no siempre ha sido valorado de la misma manera. Pero el asunto epistemológico, ¿es de época (lo que lleva a concluir, como Foucault, que la verdad no existe), o hay algo en las consideraciones de Arquímedes que trascienden la Grecia de su época y hoy las consideramos válidas?
3. Habría que agregar a la entrega 6 lo que dices: el contexto mismo también se estaría creando.
4.1 Dices que si hemos de creerle a Sócrates… Pero, acabas de señalar la complejidad del asunto; entonces, te pregunto: ¿cuál Sócrates?, ¿en tanto H, en tanto H(sxH), en tanto H(sxI)? Como Sócrates y Menón hablan de la virtud, ¿dónde vamos a ubicarlo todo lo que señalas que Sócrates sabe (de que nada sabe, de las limitaciones en la búsqueda del conocimiento, de las perplejidades, de las ilusiones)?
4.2 Propones salidas a la pregunta de qué le procura goce al maestro. A) Vivir ese mundo de incertidumbre y de posibilidades infinitas… pero esta opción, ¿sería para la posición de maestro o para la relación del sujeto con el saber? B) La intención de perpetuarse… no mezclemos “intención” con goce, porque entonces no entenderíamos al alcohólico que tiene la intención de no beber, pero el goce en juego puede más. C) Ser elegido como maestro por parte de alguien que lo considera (lo inviste), como su maestro... ¡esta me suena! D) Ver al otro trasegar por el mismo camino que uno ya avanzó… pero entonces habría que tener un mecanismo de expulsión del dispositivo, o si no, se trata de reclutar gente para que milite como uno, es decir, para que dependa de la mediación del otro y no tenga su relación con el saber. E) Constatar que a otro le interesa lo mismo que a mí... ídem D.
En fin, como dices, no somos ángeles, Sócrates tampoco lo era. Y en esa no “angelicalidad” confluyen fuerzas diversas, incluso opuestas (como el propósito y el impulso del alcohólico).
5. Ya volveremos sobre “la naturaleza del asunto” (algo ya habíamos dicho).
Hablando de conocimiento de la intención de equivocarse y de la verdad, es claro que el maestro no pretende equivocarse, sin embargo si se equivoca el educando en un acto de fe cree en la palabra y en el mensaje del maestro, sólo cuando el maestro a demostrado ser, es decir que se construye un contexto donde el sabio está en el lugar más alto hablando de conocimiento, no obstante el educando en su posibilidad de crecimiento puede superar al maestro y descubrir los errores mismos, pero estos errores si los hay son los que ayudaron de cierta manera a construir conocimiento y acercarse al saber.
EliminarEl saber no es algo que siempre es verdadero se puede mover segun la época,según el tiempo y según el contexto en el que se este discutiendo
Buenas Tardes Maestro y Compañeros.
ResponderEliminarAl examinar el proceso de comunicación presentado en esta sexta entrega, se visibilizan 14 elementos que validan desde la experiencia individual los ritmos de enseñanza – aprendizaje; en tanto, los enunciados proferidos por H y los proferidos por I poseen en sí unas disposiciones que hacen parte no sólo del capital simbólico sino también del capital cultural, lo cual facilita la recepción del enunciado (enriqueciéndolo y/o transformándolo). Ahora bien, a luz del enunciado de Menón, reconozco unos preconceptos producto de su entorno particular, y en Sócrates el capital simbólico y cultural del cual se vale hábilmente para acompañar a Menón en el proceso de aprendizaje.
Hola, Mónica
EliminarNo entiendo qué es eso de “14 elementos que validan desde la experiencia individual los ritmos de enseñanza–aprendizaje”. En todo caso, ojo con la idea de “validar”. Estamos hablando del saber… ¿qué valida algo como saber? La experiencia no valida nada del saber. El saber es opuesto a la experiencia.
Con todo lo que dijimos en esta entrega, ya no hay cómo entender tu idea de “facilita la recepción del enunciado”… ¿se te olvidaron los 14 elementos?
Si los “preconceptos” fueran producto del entorno particular, no habría epistemología, sino sólo “historia de los conceptos”.
Sócrates no acompaña a Menón. Lo zarandea.
Frente al enriquecedor y complejo texto que construye el profesor, alcance a reflexionar y dar nombre a tres fases no diferentes entre sí, sino asumidas como un complejo proceso al que nos enfrentamos en el proceso de formación:
ResponderEliminar1. CONSTRUCCIÓN DE LA INTERPRETACIÓN CONTEXTUAL.
Sócrates, el maestro produce enunciados en dirección a Menón y el referente seria la virtud creando un contexto inicialmente; no conocimiento.
Sócrates recibe en sí mismo su enunciado y Menón da respuestas desafiantes a Sócrates o complacientes, aunque lo mismo hace Sócrates.
Por ello, Sócrates inicia el proceso de formación frente al referente de la virtud, definiendo un contexto no solo con sus propias ideas sino en constante formación con lo enunciado por Menón.
2. SABER LO QUE SE DICE Y LUEGO REFLEXIONAR SOBRE ELLO.
Posiblemente, Sócrates se representa a si mismo desde el contexto en que maneja el enunciado, desde las mismas respuestas de Menón, las cuales le permitirán conocer el avance en el proceso de formación, reflexionar sobre su quehacer, es tener en cuenta durante el dialogo con Menón sus respuestas. Y para conocer lo que el otro sabe, indaga constantemente y frente a ello se ve el proceso de formación: se supone el conocimiento sobre aquello que desconocía y se alcanza a interiorizar.
La frase de Proust “nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás”, nos puede ayudar a darle el sentido que le otorgamos a un referente; que dependerá pues de lo que creo saber del otro… sin juicios.
3. DAR SENTIDO A LAS COSAS ES DE CARÁCTER SUBJETIVO.
La “percepción selectiva” permite entonces conocer si hay puntos de encuentro o de disenso, de allí que la reflexión se hace significativa.
Y en el proceso, Menón que también indaga, puede estar escuchando sus posturas, cuando lo que percibe en lo que escucha responder a Sócrates, haciendo juicios frente a su conocimiento sobre el referente.
Como maestros, la percepción que tienen de nuestro conocimiento quienes interactúan con nosotros puede ser subjetiva, en cuanto dependiendo de diferentes contextos en que se mueva el maestro, podrá interactuar adecuándose a ellos, rechazándolos frente a sus creencias o siendo reconocido por lo que él cree saber cómo maestro.
Sin comprender mucho el término “error” desde la comunicación, creo que el sentido del error nace del contexto en el que se le valore como estrategia.
Podría el ser humano equivocarse cuando está en proceso de formación…una y otra vez para incitar en unos y otros la construcción de conocimiento… aunque cuando creemos saber todo sobre ese conocimiento, pretendemos no equivocarnos sino que el otro desde la equivocación construya.
Gracias, Seomara
Eliminar1. Todavía estás leyendo Emisor-Mensaje-Receptor
2. Pones a Sócrates como hecho, no como “en formación”. ¿Acaso se es maestro antes de que alguien le diga a uno “profe”? ¿Y cuántas veces le dicen, y en cuántos contextos, y desde cuántas perspectivas? Entonces nunca termina de ser maestro. Lo que llamamos maestro es el efecto retroactivo de una práctica.
3. La “percepción selectiva” nada permite. Es la interfase con el mundo. Y, de entrada, no hay encuentro, hay corto corcuito. La percepción del otro siempre es subjetiva… ¿hay manera de que no lo sea? El asunto es si estás viendo “subjetivo” como un problema… Afortunadamente, el ser humano se equivoca siempre.
De acuerdo a lo expuesto hasta el momento, nos encontramos con dos personajes -maestro y alumno- que en realidad son dos lugares de la enunciación. Entre los dos median los supuestos y es como si para ambos, el otro fuera un núcleo referencial de su propia existencia en tanto función del rol que está llamado a cumplir en la misma enunciación. Menón supone un lugar para Socrates con su requisión, Sócrates determina un lugar para Menón con su respuesta -contrarequisición-. Pero entre los dos sigue mediando un espacio-tiempo no compartido (pienso en el cronotopo de Bajtin y en las implicaciones que esta categoría cumple en el habla cotidiana, máxime en el diálogo intergeneracional), al que llamamos "contexto no compartido", que opera entre el Menón supuesto por Sócrates (IsxH) y el Sócrates supuesto por Menón (HsxI) mientras dialogan. Ese lugar no compartido nos pone ante el dilema de la comunicación ¿es posible la comunicación, o nunca nos comunicamos?
ResponderEliminarPor ahora, avizoramos que entre esos dos que dialogan (Menón y Sócrates, o Usted y Yo) como podemos ver, siempre que empleamos en la enunciación un referente, tenemos que este es común a los dos -o a los que sea- en tanto lenguaje, es decir, como mero producto de la arbitrariedad; pero como tal, no hay referente puro entre los dos, pues el referente depende de las particularidades que aporta tanto la experiencia anterior de los hablantes, como de la acomodación a que cada participante de la conversación somete ese referente en función del rol que siente cumplir en la interacción. Ese hiato, esa distancia, parece convertirse en el reto de la comunicación entre Menón y Socrates o entre cualquier mortal (para un ejemplo, nosotros mismos discutiendo sobre el Menón), y probablemente, -y pensando en el "peor de los mundos posibles"- más que reto, también es su imposible. Pues ¿cómo franquear los supuestos que se constituyen desde la experiencia de cada sujeto, qué tan difícil resulta no limitarse a ellos, nos quedamos en los supuestos por comodidad?
El texto que nos escribe el profesor Bustamante nos pone contra las cuerdas, no sólo al permitirnos observar desde ese lugar de la enunciación cómo en nuestras interacciones con los estudiantes o con cualquiera, antes que pretender comunicarnos con el otro, quienes se comunican son los "roles que representamos". Es como si portásemos una máscara y no fuese posible hablar sin ella. De ser eso así, estamos de hecho en un error si pensamos que le enseñamos algo a los otros que no sea, consciente o inconscientemente, a dudar de lo que pensamos. Y están en un error los estudiantes que buscan aprender de sus maestros algo que no pase por la duda.
Buenas tardes compañer@s y Profesor
ResponderEliminarEs importante tener en cuenta que cuando nos posicionamos como locutores, nos vemos afrontados a diferentes prejuicios frente al interlocutor, pues generamos armazones de supuestos asociados a ¿el cómo este está interpretando el enunciado que emitimos? Lo controversial es que en el momento de generar el enunciado no tenemos en cuenta que cada interlocutor, está en la libertad de interpretar el enunciado dado por el locutor, de la manera como él quiera, puede darse el caso que el enunciado que el locutor emite se acerque o se aleje del interlocutor, es decir, que en la situación comunicativa se pueden generar algunas repercusiones en las cuales se acepta o se rechaza el enunciado (conocimiento), pues es dependiente de la utilidad que le vean cada uno de los actores. Lo importante es que el locutor no se enmascare de saber infinidad de cosas pues podría ser un equívoco, ya que no es posible no generar conocimiento de alguna situación dada.
Por tanto, hay que tener en cuenta, que las visiones que presentan tanto el locutor como el interlocutor son bastante distintas, pues dependen de las necesidades e intenciones que se tienen; en este punto vuelve y se ratifica la intensión con la cual se proceda ya que la intensión puede hacerse con intensión o sin intensión, esto puede deberse a las diferentes mezclas de complejidades que adquiere un individuo durante toda su vida en espacios y tiempos diferentes, por tanto cuando se habla de intensiones ni siquiera la misma persona logra conocerlas.
De este modo el locutor para llegar por medio de su enunciado a un proceso de enseñanza aprendizaje debe tener la intensión de aprender de su interlocutor, ya que desde el vínculo comunicativo que se establece entre ambos se puede llegar a generar la oportunidad o no de adquirir un conocimiento, todo es debido a la intensión que se tenga o con la que se llegue, lo importante es la apuesta que se haga para llegar a el conocimiento.