Demanda
|
Respuesta de
Sócrates
|
|
Sujeto
|
Pasivo: se hace entregar el objeto
|
No puedes estar pasivo
|
Interlocutor
|
Activo: entrega el objeto
|
No te voy a entregar lo que no tengo
|
Enunciado
|
“Dame”
|
No puedo darte
|
Objeto
|
Indiferente
|
Con un nuevo brillo
|
Objeto/imagen
|
Objeto ostentado por aquel con quien nos identificamos
|
No detento el objeto como rasgo identificatorio (eso sería
una impostura)
|
Relación
|
Entre “semejantes”
|
No puede ser de semejantes. Tú crees saber más de lo que
dices.
|
Condición de posibilidad
|
Obtener por identificación lo que se echa en falta como
identidad
|
No obtendrás el saber por identificación. Tendrás que
trabajar
|
Enunciación
|
“Complétame”
|
No te puedo completar (incluso, te voy a descompletar más)
|
Lazo
|
Amor/Odio
|
Nuevo lazo, mediado por la lógica del saber (no
autoritarismo).
|
Como se ve, la demanda no evidencia el interés de
alguien por saber (si deseara, no le pediría al otro, sino que trabajaría). La
demanda evidencia otras cosas. No es “ruta propicia”, aunque sea inevitable. De
otro lado, según la respuesta de Sócrates, la solución no está en que el
maestro pase a demandar: aunque haga muchas demandas (dame trabajos, dame
informes, dame buen comportamiento), esas demandas están subordinadas a otra estructura (ya veremos cuál). Por eso, no
obtenemos formación por acumulación de demandas, sino por romper con la demanda (pero, ¡con tacto y poco a poco!... ahí está
Sócrates para mostrarlo). De lo contrario, el profesor quedaría condenado a ser
un esclavo de los aprendices (es decir, a ser esclavo de la estructura de la
demanda), lo cual se expresa con ideas como las siguientes, que circulan hoy en
la escuela: hacerles un favor, llevarles la participación, darles la palabra,
ofrecerles el refrigerio, incluirlos, quererlos, hacerlos felices, etc. Obsérvese que son respuestas a demandas (explícitas o no): déjame participar, dame la palabra, tengo hambre, necesito amor...
Partimos de la idea de que, de entrada, los sujetos
no desean saber (aprendemos para no tener que aprender más). Pueden demandar
saber, pero, como hemos visto, eso es algo distinto a desear saber. Además, los
sujetos anhelan ciertas cosas, hacen ciertas cosas… pero eso todavía no
podemos llamarlo “deseo”.
La pregunta por cuál es la respuesta del maestro
ante esto no está principalmente del lado de lo que puede hacer en dirección al
alumno, sino de lo que efectivamente hace él mismo en relación con el saber. ¡Es la única manera de trastocar el
objeto!, la única manera de pasar, de ese objeto paradójicamente indiferente de
la demanda, al objeto consistente del saber (en cuya consistencia hay que
trabajar) al objeto brillante del deseo (otro encontró con el saber un camino
de satisfacción). De manera que el asunto poco tiene que ver con si el maestro presenta
información o no; lo importante parece ser más bien el tipo de relación que
tiene con la información; es eso lo que dará el brillo al objeto, no una propiedad
intrínseca de lo que dice el maestro. Recordemos que lo que se meta-comunica
(la formación) ocurre simultáneamente con lo que se comunica (la información);
no podemos formar sin informar… pero la formación no es información. O sea: se trata de ir más allá de la información,
pero a condición de servirse de ella.
El vínculo de los aprendices con el saber sólo será
un efecto posible (no necesario) de cierto lazo, no de cualquier “relación
entre personas”. El vínculo con el saber es un efecto posible de una relación
en la que un maestro (que sabe algo con deseo) se presta para que la equivocación de la suposición de saber (hecha
por el aprendiz) dé lugar a otro vínculo que permita el deterioro de tal
suposición, a favor de la relación con el saber. Eso implica que el maestro no
transforma las posiciones de los aprendices, sino que crea las condiciones para que ellos consientan en transformarlas.
¡Y ese es un largo y complejo proceso!
Ahora bien, no toda la educación tiene que ver con
el saber. Hay asuntos administrativos, necesarios, que tienen su propia lógica
y su propia legitimidad (en cuyo caso, si es pertinente o no, es algo que tendría
que discutirse en su propia esfera de posibilidad). La política educativa (“mejoramiento
de la calidad”, “ampliación de la cobertura” y ese tipo de cosas) puede
objetarse desde la idea de formación, sólo en la medida en que incida negativamente
en las condiciones de posibilidad de la formación. Pero es que la política
educativa es objetable desde muchos puntos de vista. Lo que pasa es que, en ese
punto, a veces hacemos trampa: nos ubicamos como gremio demandante (no
deseante) y, a nombre de la formación, objetamos la política. Doble error: ni
ese es el espacio de la formación (que tiene su principal pivote en nuestra relación,
uno a uno, con el saber), ni esa es la manera de incidir en la política. La
política es otro capítulo, muy importante, del que podríamos ocuparnos en su
momento. Un ejemplo: que las medidas oficiales en relación con la evaluación
producen “pereza del saber”, es parcialmente cierto, pero pone a las medidas
políticas a operar a escala de la formación, saltándose un lugar fundamental:
el maestro. Cuando confundimos esos dos niveles, no incidimos positivamente en
la formación, pero tampoco hacemos buena política.
Otro asunto que se ha comentado es el del “régimen
de satisfacción”. Esto no se refiere tanto a lo que cada uno considera que es
lo que le gusta, sino principalmente a aquello que uno se ve forzado a repetir,
sin entender por qué, y que muchas veces le produce desagrado (cuántas cosas se
hacen al tiempo que se consideran dolorosas, dañinas, inmorales, injustificadas,
excesivas, etc.). Si le preguntamos a un maestro, por qué enseña, seguro nos va
a responder con algún estereotipo o con algún ideal. Pero, ¿sabe cada uno
exactamente por qué hace esa labor? No hay por qué saberlo para ejercer, y para
hacerlo mal o bien. Pero nosotros, que queremos investigar la educación, no podemos
trabajar con estereotipos.
Advertidos de que todo sujeto busca la satisfacción,
nos servimos de ese dato para entender nuestro asunto (la formación). Los
estereotipos sobre la comunicación, ¿no son en parte responsables de que no
podamos entender el proceso formativo? Bueno, igualmente los estereotipos sobre
la satisfacción son obstáculos para entender la formación. Sabemos que los
niños buscan satisfacerse y, sin embargo, no incluimos ese dato a la hora de
teorizar la educación. ¿Cómo explicar, sin ese dato, los amplios ámbitos de la indisciplina
y del recreo? Bueno, igual pasa con los docentes, pero es algo todavía más
alejado de la teorización. Sin embargo, no lo convirtamos en algo del
“deber-ser”, pues se trata de lo menos controlable que tenemos. Más bien, se
trata, en tanto investigadores, de no ser indiferentes a las maneras como los
profesores tramitamos nuestra satisfacción en el acto educativo. ¿Acaso no
podríamos decir que a Sócrates le gusta hacer trastabillar a sus
interlocutores? Es una manera —entre muchas— de hacer que el saber produzca
algo de satisfacción. Otro se encerraría a hacer sus elucubraciones y no
andaría —según él— perdiendo el tiempo en conversaciones, pudiéndolo usar para
estudiar… Aristóteles viene de la escuela de Sócrates —figura en algunos de los
diálogos platónicos— y, no obstante, abandonó el recurso del diálogo y se puso
a escribir tratados.
No es un terreno fácil. Por ejemplo, no podemos
decir sencillamente que la pregunta busca satisfacer el deseo de saber. ¡No!
También podría satisfacer asuntos de otro orden, como, por ejemplo, mantener al
otro disponible (es el caso del preguntón). Lo que, en general, no podemos
perder de vista es que en el aprendiz se produce (insisto: no es algo del todo
deliberado, no tiene por qué estar en los propósitos) algo que toca su régimen
de satisfacción. Piensen en algo sencillo como lo siguiente: los niños pasan de
moverse mucho a moverse menos… eso no es el contenido de ninguna materia, puede
no ser el propósito explícito de ningún programa, y, sin embargo, es una
condición de posibilidad del saber: ¿podría aprender la raíz cuadrada mientras
siento el imperativo de moverme? No. Debo renunciar a algo del movimiento, para
enfocarme en eso que requiere mover pero el pensamiento. No es algo sobre lo
que se reflexiona, es algo sobre lo que se opera en la modalidad de la renuncia. ¡No hay manera de “poner los
niveles de satisfacción en un mismo horizonte”! Los regímenes de satisfacción
son inconmensurables, son diferentes; es en relación con ellos que se
materializa nuestra singularidad. Es imposible reducirlos a parámetros comunes.
Perdemos el tiempo tratando de hacer felices a los estudiantes, cuando ellos
—como todo sujeto— ya inventaron, uno por uno, su régimen de satisfacción.
No estamos en la escuela para satisfacer a los
estudiantes, ni queremos las mismas cosas. Si hemos de usar esos términos,
tendríamos que decir: estamos en la
escuela para que, sirviéndose de nosotros, los estudiantes hagan entrar lo
inteligible en el abanico de sus posibilidades de satisfacción. ¿Nos
satisface que el otro nos admire, nos tome como ejemplo?; eso no está mal…
problema sería —en el sentido de que no contribuye a la formación— estar ahí
solamente para eso; y sabemos que casos se dan. Ahora bien, preocupa que la
escuela se convierta en un lugar tan poco claro que cada uno inserte su forma
de satisfacción, sin importar si ella contribuye a la formación, y que además la
defienda a nombre de los derechos o que la ejerza a nombre de los ideales.
Ahora bien, los maestros hacen su operación sin
tener que conocer el régimen de satisfacción de cada uno. ¡Es posible ocuparse de cada uno, sin tener que ocuparse de cada uno!
Parece contradictorio, pero no lo es. Cuando el maestro se ofrece para la labor
formativa, brinda condiciones de posibilidad para que cada uno tramite algo de su
propio régimen de satisfacción. Meterse directamente con la satisfacción del otro es algo
obsceno (se admite en pocos casos, como en el enamoramiento). Sin hacerlo, el
maestro toca en cada uno. No todos le contestan. Por eso hay muchos maestros:
alguno tocará tu fibra, no obstante dirigirse a todos. E insisto: maestro y
alumno se satisfacen de manera diferente. Aspirar a hacer causa común con esto
es ocuparse de otras cosas que no son formativas… lo cual no quiere decir que
la época no lo intente, por supuesto que lo hace; de ahí que ahora los maestros
también funcionen como psicoterapeutas y que remitan estudiantes —¿sería mejor
decir “pacientes”?— al psicólogo, al terapeuta del lenguaje, al psiquiatra, a la
trabajadora social, al terapeuta ocupacional, etc.
En la entrega anterior hablábamos de la violencia en
la escuela como asunto de quedarse en la identificación (entre otras causas).
En el esquema, al comienzo de esta entrega, hablamos de que el lazo, a escala
de la demanda, oscila entre amor y odio. ¿Qué quiere decir esto? Cuando el lazo
con el otro se establece a partir de la esperanza de que el otro tiene lo que
me completaría, pues el otro es alguien a quien se admira, a quien se toma como
ejemplo (fíjense que funciona, tanto para el profesor, como para el que más
juega fútbol); pero, ¿qué pasa si el otro no está ahí para producir ese
ilusorio completamiento? Pues que se vuelve mi enemigo en potencia. Así se
explica la oscilación amor/odio. Además, tendríamos toda esa gama de
comportamientos que son como un torneo para mostrarse cuál es el que puede más
(pegar, jugar, conquistar, robar, molestar…). Y cuando mediante este mecanismo
se producen grupos, pues los que no forman parte son enemigos por definición.
Todo esto, que forma parte del complicado asunto de
hacerse a una imagen propia, no aterriza en las mismas condiciones ayer que
hoy. Antes, lo considerábamos un paso necesario del recorrido de los muchachos,
hoy, en cambio, es matoneo, pandillas, buylling. ¿Qué ha pasado? Pues que antes
había puerta de salida para la gran mayoría de los chicos que pasaban por ese
momento. Hoy no. Hoy les decimos que tienen derechos y ellos reclaman esos
comportamientos como derecho; hoy les hablamos del “libre desarrollo de la
personalidad” y, entonces, ellos no sienten que sea algo modificable, sino algo
en lo que pueden quedarse; hoy no ofrecemos las puertas de salida, que son el
aspirar a tener cosas de otro orden, a integrarse a otras maneras del lazo social.
Por eso, en la escuela de hoy tenemos una batalla campal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario